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Friday 14 December 2018
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De aluviones y otros demonios

La planificación urbana a cargo del mercado inmobiliario, sacrifica a familias completas apostando por el desastre natural que está a la vuelta de la esquina. Más que lamentar perdida de vidas e inmuebles, siempre a coste del estado, respetemos conscientemente la naturaleza de nuestros territorios.

AMPLÍAN ESTADO DE EXCEPCIÓN POR CATÁSTROFE EN EL NORTE DE CHILE POR LAS LLUVIASLos aluviones no avisan, no podemos siquiera imaginar el punto de desencadenamiento que, con sigilo asesino aguarda para recuperar lo que las manos del hombre le han sustraído por años. Siempre ha sido así, el agua tiene memoria viva, abrazando a quien se le asome a su paso y cobrando lo que otros adeudaron.

Esto lo sabemos, pero insistimos en creer que la técnica y la ingeniería nos salvarán de nuestros peores miedos, demonios cíclicos que se devoran toda la vida de una familia, el pueblo y su historia para, nuevamente reconstruir con paso soberbio y rimbombante la nueva vida en el margen del agua, en el limite de las aspiraciones, en el borde dilatado de lo urbanizable y sin pasado consciente.

Sin embargo el conocimiento y la investigación al servicio de la protección de las personas y su entorno no inciden de la misma forma, estudios de años que advierten los peligros y las consecuencias del crecimiento hacia el pie de monte cordillerano son interpretados como obstáculos del derecho a suelo y vivienda propios, pues en términos sencillos es detener crecimiento y con eso asomar más miedos. La especulación inmobiliaria teje sus propias redes bajo el velo imperceptible de planos reguladores de los municipios del país, que ven en los cambios de uso de suelo una salida a su imagen de comuna “pobre y poco atractiva”, peor que esos, hay otros que arrasan con barrios históricos reemplazando incluso al almacenero.

Como una verdad difícil de aceptar, el aluvión como fenómeno natural nos recuerda lo frágil de nuestro habitar, lo vulnerable que son nuestras formas de construir ciudad y el acervo cultural progresivamente diseminado por el hambre de progreso y el paso del tiempo.

Las cifras son preocupantes; hasta antes de la catástrofe que azotó al norte, una veintena de fenómenos descritos como aluviones se hicieron presente en alguna quebrada de nuestra precordillerana nacional desde la década del noventa, pasando por caja la vida de 120 personas, más de 50 desaparecidas y miles de casas destruidas y damnificados, y ni hablar de los albergados. En suma, vivimos en una constante reparación y reconstrucción de vidas pagadas con dinero estatal (que siempre asciende a miles de millones), pero que por alguna razón ininteligible no esta disponible para prevenir, peor que eso, no destinamos ni el 1% de todo ese dinero a proteger y re-educar a nuestra ciudadanía en estas materias.

La política enfocada al ordenamiento territorial y ambiental parece una herramienta demasiado evolucionada para políticos corruptos al servicio del poder económico, acostumbrados a resaltar las normas de países europeos en esta materia, pero que al parecer requiere cometer los mismos errores antes de dar un giro hacia la verdadera sustentabilidad.

Otros demonios

Las ciudades crecen y con ellas los autos y sus necesidades, nuestra lejanía de los centros urbanos da paso al ensanchamiento de calles que por una lógica infantil dan paso a las vías rápidas, sacrificando veredas y líneas de arboles arraigados en la memoria colectiva de barrios y amores, caminatas a la sombra y paisajes que desaparecen frente a nuestros ojos dejándonos sólo una añoranza imborrable.

Basta con pararse en algún edificio del Gran Santiago para constatar que la expansión es cada vez mas alta. Paños irregulares convierten lo que un día fue bosque animado por arroyos y grandes arboles en un montón de casas apiladas una a la otra, alineadas y cercenadas por toboganes de asfalto, que de seguro nos harán recordar que la infiltración de agua en el suelo como mecanismo de amortiguación de anegamientos mas abajo en la ciudad, nunca fueron consideradas como tal, en su reemplazo, los colectores de aguas lluvia aparecen como la obra de rigor de todo municipio, propiciando una vez mas la solución a merced de la construcción y no de lo que nos otorga la naturaleza.

La catástrofe no puede seguir siendo el despertador de conciencia de las autoridades de turno, es urgente avanzar en un diálogo ciudadano que establezca los límites y las regulaciones que ayuden a conservar los últimos bosques nativos que dan soporte a la calidad de vida de nuestras ciudades. Lo que hay mas arriba es arbusto y luego la roca desnuda, por lo tanto proteger lo que colinda con los nuevos condominios precordilleranos es de importancia mayor. (lo que nos recuerda lo que hoy sucede con el Panul en La Florida).

Entonces, ¿será que nos toca decidir cuando y donde destinamos los recursos del estado de Chile para prevenir desastres y contribuir a ciudades verdaderamente amables y algo mas seguras? Difícil tarea por delante si pensamos que en la decisión de comprar o no una casa en la Precordillera se conjugan poderosas razones como la vista, el estatus y la naturaleza, demasiado atractivo para quienes pueden pagarlo, sino pregúntenle a las inmobiliarias.

Hoy es Santiago, mañana será Rancagua, Talca o Temuco, incluso Copiapó, todos amenazados por el concepto de lo “ALTO” que tanto le gusta a la clase media aspiracional. Es una responsabilidad de todos los habitantes de aquí en adelante participar en instancias que pongan voz de alerta, que busquen una solución concreta y al alcance de los intereses ciudadanos, evitando con esto el empeoramiento de la calidad de vida, el aire, el espacio publico y las bellezas naturales que paradójicamente venden las inmobiliarias, pero que tiene su futuro absolutamente amenazado.

 

  


Manuel Rojo

Padre de Amanda. Egresado de Ingeniería Ambiental, Técnico en Acuicultura. Educador Ambiental y Naturalista por oficio. Trabaja en Fundación Caserta y forma parte del Colectivo Viento Sur. Santiaguino y precordillerano. La defensa de la verdad y la protección de los recursos naturales de Chile me mueven.